20 de septiembre de 2012

Hay veces que no importa cuánto tiempo implores, cuánto desees, cuánto pidas.
Hay ciertas veces que no podés pretender que alguien salga desde la tierra y solucione tus problemas. 
Hay veces que simplemente tenés que hacer algo vos. El problema es cuando eso es imposible.
El problema es cuando vos estás dispuesta a cambiarlo, a hacer algo realmente, pero no depende de vos. 
¿Cómo hacés para retener a alguien que te está lastimando tanto?
¿Cómo hacés para que vuelva a ser lo que era hace dos años, dos meses, dos días? 
Veces en las cuales no importa cuánto lo hables y cuánto se lo demuestres, simplemente no depende de vos.
El cambio ajeno ciertas veces no te pertenece y no podés hacer nada al respecto.
No podés simplemente impedir que una flor crezca, no podés impedir que una persona muera. Sólo está en tus manos el efecto Placebo.
Ese efecto encantador que hace que creas que las cosas volvieron a ser como antes o cambiaron nuevamente pero para bien, se solucionaron. Ese efecto es corto y especial.
Hay ciertos tipos de efectos Placebo.
Como cuando nos negamos ese dolor, esa pérdida de la persona que tanto queríamos y que no murió pero sí su persona. O cuando hablamos y adoptamos todas las medidas posibles y la persona nos miente, reconfortándonos, haciendo de cuenta que volvió a sí mismo, que lo entendió.
Sabemos la verdad. Sabemos que no va a durar, que es simplemente algo temporal.
Pero deseamos creerlo.
Porque una parte de nosotros nos dice que es mejor, que ya entendimos que nunca será igual de nuevo, que esa persona se perdió, o, quizás, se demostró tal cual era. No podemos ver algo y hacer de cuenta que simplemente no lo vimos, no para siempre.
Así es cuando las cosas cambian, y adoptamos maneras diferentes de ver las cosas.
Creo firmemente que, cuando eso pasa, simplemente nos sirve para no aferrarnos a nadie, para observar mejor y para curarnos a nosotros mismos, para superarlos y que sea una vieja anécdota, para recordar a esa puta persona con un poco de cariño.